jueves, 21 de agosto de 2008

Lo que me enseño Marianela (dedicado a mi maestra de Kinder)




8 de septiembre de 2005.

Querida maestra Silvia:


Espero que se encuentre muy bien. ¿Sabe? los últimos días he pensado infinitamente en mi feliz niñez. No he dejado espacio en mi mente, más que para recuerdos infantiles y dulces nostalgias del ayer.
Fue en esta etapa, cuando acompañada de las letras de abecedario y los números del uno al diez, comencé el camino desarrollando mis habilidades y fortaleciendo mis pasiones; llegando así hasta lo que ahora soy.
Y es que entre tantas cosas que han pasado en trece años, quiero compartirle algo que va mas allá de un triunfo o de un fracaso, de una dicha o sufrimiento; no porque carezcan éstos momentos de importancia, sino porque mas allá de cuantiosas experiencias maravillosas, la calidad del espíritu nos lleva a horizontes inimaginados, sobrepasando placeres de todo tiempo y todo espacio. Ésto me lo enseñó una niña llamada Marianela; asombroso regalo de la tinta del escritor español: Benito Pérez Galdós.
A todos nos pasa. Cuando las exigencias diarias agotan nuestras fuerzas y aun más, cuando nos sentimos frustrados en una vida de inmenso trabajo, nos olvidamos de lo trascendente; cegándonos así a algo verdaderamente bello: la esencia humana. Y precisamente en uno de esos días, dispuesta a buscar en la lectura una salida ante el estrés diario, encontré en la calidez de mi hogar mi libro consentido. Aquel que cambiaria mi manera de ver la propia vida.
Adentrándome en la lectura, Marianela fue aleccionando lo profundo de mi ser. Así fui descubriendo la historia: una niña, su gran amigo, la inocencia, la sencillez y.....la apariencia. No era sorpresa para mi saber que el mundo valora una belleza externa, porque formo parte de ese mismo mundo. Pero la chica sufría, como muchos otros que vemos transitar en la vida, esperando ser valorados interiormente, invitándonos a mirar con los ojos del alma. Y yo, cómplice de mi propia sociedad, esclava de mis frustraciones, no podía ayudarla.
Inmediatamente sentí sobre mi ser esa infamia con la que dejamos pasar esas personas extraordinarias, y ante éste sentimiento, rodó una lagrima en mi mejilla. Pensé en la posibilidad de que yo pudiera poner en practica la gran lección de vida que Marianela me había dado en ese momento. Podría empezar a valorar tantas y tantas personas que diariamente deambulan con nosotros en el sendero del destino, igual de perdidos, más olvidados.
Me quedé asombrada y continué la lectura.
Morir de amor... ¿Quien tendrá el corazón plagado de nobleza, para dar la vida en tan asombroso sentimiento? Marianela tuvo aquella virtud , una chiquilla de insípida facha quien huyó de este mundo de apariencias, colmada de aquel sentimiento que sólo las personas extraordinarias pueden utilizarlo como medio de transporte hacia otra vida, donde seguramente, la apariencia perderá toda importancia... precisamente porque no existe.

Reflexionar lo anterior me dio un salto en el pecho. Marianela me llenó de orgullo. Me pregunté entonces si yo misma estaría dispuesta a escapar en el amor de una vida física, amante de lo intrascendente. Respuesta que seguramente está guardada en mi corazón como un bello secreto. Un secreto latente pero oculto incluso para mi misma. Porque si de algo estaremos completamente seguras, es que el corazón de una mujer guarda numerosos tesoros invaluables.

“Reclamóla el cielo...” Porque a él pertenecía. Y así, querida maestra, le hablé a la dulce Marianela:
“¿Quién si no un ángel del cielo, puede ser arrebatado de las garras mortales para ser elevado por sobre todas las cimas del amor? ¡Oh Marianela, fruta deliciosa y fragante! ¿Porqué despreciaron tus encantos desnudos de colorido oropel, aquellos a los que tanto amaste? Pues porque eran humanos, dulce niña. Humanos cómo yo. Llenos de arrogantes caprichos y desatadas furias. Luego pensé los miles de seres que son reclamados por Dios, mucho antes de que puedan cumplir su misión. Pensé en los angelitos que mueren dentro del vientre materno, todos lo que son reclamados por El, porque desgraciadamente no los merecemos...
“Un arpa en manos de los toscos” escribió Galdós. “Ni tirarle perlas a los cerdos”, dijo Jesús. Marianela: ¿esperaste acaso, que en la cotidianidad de su trabajo, los hombres reconocieran el ángel que eras? Las flores, las aguas del río fresco... los ojos del amor. Sólo ellos admiraron la pureza de tu ser y la belleza de un rostro triste. ¡Admiro tu filosofía y tus paganas ideas! ¡Porque para ti cada flor era una moribunda mirada, cada estrella un guiño de dioses y cada montaña un sueño perdido! Te digo ésto acaso porque pienso en mi niñez, llena de verdaderas fantasías y sabiduría divina.
“Los ojos del alma” sólo ellos pudieron ver con realidad perfecta. Sólo esos no fueron engañados por las falsas ficciones que proporciona la fisonomía de la carne. Ellos escrudiñaron en el fondo de tu alma, para luego dar un golpe fatal a tu corazón. ¡Pobres ojos privados de la perfección! ¡Pobres porque cayeron en el engaño de la imagen!
Pero no llores más amiga mía, no llores que en cada flor estás tu. Porque al recordarte pensé en los eruditos desaliñados, en los carbones que pueden llegar a ser diamantes y que los queman antes de que lleguen a serlo, en las estrellas que caen a pesar de ser hermosas, en los niños que mueren por ser pequeños, en las miles de personas que el mundo ha matado con sus prejuicios y engaños”

Pienso y pienso , amada maestra... y sigo pensando.

Siempre.

Alba Krystel.

1 comentario:

Anónimo dijo...

yo recuerdo bien esa carta, la hiciste para el concurso literario Julio Torri y ganaste el premio unico.

tu maestra de kinder debe de sentirse muy orgullosa de ti

cuidate mucho alba